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AR: Revista de Derecho Informático
ISSN 1681-5726
Edita: Alfa-Redi

No. 057 - Abril del 2003

¿Un mundo feliz para la libertad de expresión?

Abstract: En las líneas que siguen, me interesa examinar –aunque brevemente- algunos temas relacionados con la libertad de expresión en la Red. Sobre esto sugeriré básicamente dos cosas. La primera es que la arquitectura de Internet contribuye a disolver la intensidad del vínculo entre riqueza y acceso a la información y esto constituye una buena noticia para los ideales de una versión democrática de la libertad de expresión.

Por Iñigo De la Maza Gazmuri,

Publicado originalmente en Apuntes de Derecho Nº 10 “El ciberespacio y el derecho” Facultad de Derecho Universidad Diego Portales

En las líneas que siguen, me interesa examinar –aunque brevemente- algunos temas relacionados con la libertad de expresión en la Red. Sobre esto sugeriré básicamente dos cosas. La primera es que la arquitectura de Internet contribuye a disolver la intensidad del vínculo entre riqueza y acceso a la información y esto constituye una buena noticia para los ideales de  una versión democrática de la libertad de expresión.  La segunda es que la misma arquitectura de la Red parece agudizar dos problemas del mercado de las ideas: el efecto silenciador de algunos discursos y la posibilidad de evitar la exposición a ideas divergentes. Estas parecen ser malas noticias para los ideales de esta versión democrática  que ya he mencionado.

Antes de revisar ambos problemas conviene, sin embargo, detenerse por algunos momentos en la versión democrática de la libertad de expresión y en el mercado de las ideas.

1. La versión democrática de la libertad de expresión.

Como sugirió alguna vez John Stuart Mill, la protección de la libertad de expresión no se justifica únicamente en el interés autoexpresivo de los sujetos protegidos, sino además en la utilidad de la raza humana.  Según este autor “la peculiaridad del mal que consiste en impedir la expresión de una opinión es que se comete un robo a la raza humana.”[1]

De esta manera –y aún con Mill- nos interesa proteger la libertad de expresión no solamente como un derecho que reconocemos a los sujetos como  personas morales, sino además como la única herramienta que, en un mundo desencantado, nos permitiría  aproximarnos a la verdad. Así concebida, la libertad de expresión no solo poseería una dimensión individual –la protección de intereses autoexpresivos- sino además una social –sería el único procedimiento que permite a grupos humanos plurales y complejos aproximarse a  la verdad. Durante el siglo XX,  la idea que la libertad de expresión genera  beneficios que no son completamente absorbidos por el sujeto cuya expresión es protegida se ha transformado en un lugar común.

Una variante de la dimensión social de la libertad de expresión es la desarrollada en el siglo XX por Alexander Meiklejohn, quien consideró que el propósito de la protección de la libertad de expresión  es la promoción del autogobierno o la autodeterminación colectiva.Para este autor el propósito de la primera enmienda de la constitución estadounidense[2] es  ampliar los términos del diálogo público y mejorar su calidad a fin de permitir elecciones públicas realizadas informada y deliberativamente.[3]  Esta versión de la dimensión social de la libertad de expresión es la que más tarde Owen Fiss denominará democrática y que, según este autor,  presupone de un diálogo “desinhibido, vigoroso y abierto.”[4]

2. El mercado de las ideas y la versión democrática de la libertad de expresión.

¿Cómo conseguir un diálogo que satisfaga estas pretensiones? Desde Mill en adelante –y pasando por Oliver Wendell Holmes[5] hasta Richard Posner[6]- la visión dominante de la libertad de expresión considera básicamente dos cosas: la primera es que la verdad es algo que solo logramos conocer a través de la confrontación de ideas. La segunda es que esa confrontación debe realizarse al margen de la intervención del estado. Cuando el estado no interviene estamos frente al libre tráfico de ideas y este nos conducirá hacia la única versión disponible de la verdad.

Como lo consideran Mill, Holmes y Posner, sin embargo, el libre tráfico de ideas presenta ciertos riesgos para la versión democrática de la libertad de expresión. Para advertirlos resulta necesario   examinar los requisitos que  la libre confrontación de ideas debe cumplir para satisfacer los requisitos de la versión democrática de la libertad de expresión, a saber (1) dicha confrontación debe reflejar amplia y profundamente su atención en los asuntos públicos y (2) debe exponer públicamente una diversidad de puntos de vista apropiada.[7] Cabe preguntarse entonces: “¿qué sucede si el mercado de las ideas posibilita únicamente un grado ínfimo de deliberación política y discusión?; ¿qué sucede si el mercado de las ideas presta escasa atención a los asuntos públicos y a la diversidad de puntos de vista?; ¿qué sucede si los gastos en expresión reflejas extensas disparidades en la riqueza?; ¿Qué sucede si este mercado contribuye a veces a producir “personas inertes.”?[8]

En estos y en otros casos el mercado promoverá la soberanía del consumidor, no la soberanía política del ciudadano.En razón de lo anterior, frente a estos escenarios, existirían buenas razones para  justificar la  acción del Estado, favoreciendo la discusión de ciertos temas o incluso  su intervención coactiva en la libertad de expresión de algunos para permitir la de otros.[9] De esta manera, es posible que en este campo el Estado haya dejado de ser el enemigo contra el cual los liberales del siglo XIX buscaron blindar los derechos de las personas y se haya transformado en un amigo sin el cual el ejercicio de esos derechos –en este caso la libertad de expresión- se torne ilusorio.

3.  El estado subsidiario.

Eugene Volokh ha sugerido que las críticas de autores como Fiss y Sunstein[10] a la tradición según la cual la protección de la libertad de expresión constituye únicamente una coraza que inmuniza al orador de la posibilidad de ser silenciado por el Estado favoreciendo su autonomía y deja la configuración de las características del debate entregadas al ejercicio de la autonomía de los sujetos, se sustentan en la constatación que el libre mercado de las ideas es imperfecto. La imperfección consistiría en el acceso desigual a la expresión de quienes poseen recursos y quienes no.[11]  Como ha señalado Fiss: “la estructura social contemporánea es tan enemiga de la libertad de expresión como lo es el policía.”[12]

La imperfección más evidente de este mercado radica en la concentración de la propiedad de los medios de comunicación.[13]  Como debería resultar más o menos evidente, la concentración de la propiedad de los medios de comunicación lesiona el acceso a los medios y tiende a disminuir la variedad de asuntos cubiertos por estos.

No obstante lo anterior, aún en condiciones de mercado perfectamente competitivo, un segundo problema  proviene de la diversidad de puntos de vista o posiciones que el mercado sea capaz de producir.  Lo anterior por dos razones estrechamente relacionadas y ligadas al financiamiento de los medios de comunicación en una estructura de mercado. Primera: los medios deben recoger intensamente las preferencias de los auditores, por lo mismo, la producción de información debe amoldarse a las preferencias de estos. Segunda: la información producida por los medios debe satisfacer a los avisadores y la influencia de los avisadores suele lesionar la independencia de los medios.[14] Junto a lo anterior, todavía cabría advertir un problema más. Como ha señalado Fiss las decisiones editoriales y de programación pueden responder a la rentabilidad o eficiencia que se les asigna, la creación de este beneficio, sin embargo, no posee una relación con la oferta de información que permita a los espectadores  realizar elecciones libres e inteligentes sobre programas de gobierno.[15]

Así las cosas,  desde una perspectiva democrática de la libertad de expresión parecen existir razones para que el Estado subsidie algunas deficiencias  del mercado de las ideas.

4. Buenas noticias para la versión democrática.

Si las descripciones de Fiss y Sunstein[16] son correctas y además se acepta que un debate desinhibido, vigoroso y abierto  resulta indispensable para un modelo de democracia –la deliberativa- que nos parece valiosa, entonces el Estado debe intervenir en el mundo real. ¿Qué sucede sin embargo si la arquitectura de otro espacio reduce dramáticamente los costos de producir y distribuir información? ¿qué sucedería si el común de las personas pudiera hacer disponible en forma extraordinariamente económica sus ideas sin fronteras territoriales? ¿qué sucedería si el conjunto de ideas al que frecuentemente nos vemos expuestos se multiplicara por un millón? ¿qué sucedería, finalmente, si además Ud. pudiera proteger razonablemente su anonimato al momento de buscar y entregar información? Todo esto en una sola pregunta ¿Sería necesaria la intervención del estado en el libre tráfico de las ideas o bastaría que se mantuviese en la tradición  que reúne a Mill, Holmes y Posner que autores como Fiss y Sunstein consideran insuficiente?[17]

En  Reno v. American Civil Liberties Union[18],  el primer caso en que la Corte Suprema estadounidense indicó que la protección de la primera enmienda  se extendía a Internet,   esta consideró que Internet nos ha  aproximado al escenario que subyace tras  las preguntas anteriores. En opinión del tribunal:

(D)esde el punto de vista del lector, la red es por una parte comparable a una vasta biblioteca que incluye millones de  publicaciones agrupadas ordenadamente y disponibles en forma inmediata y, por otra, a una tienda desparramada (sprawling mall) que ofrece bienes y servicios.

Desde el punto de vista de quienes publican, constituye una vasta plataforma desde la cual se pueden escuchar e interactuar con una audiencia global de millones de lectores, observadores, investigadores y compradores. Cualquier persona  u organización con un computador conectado a Internet puede “publicar” información.[19]

En un sentido similar Volokh afirma que las nuevas tecnologías democratizan el mercado de la información y lo diversifican.[20] Finalmente, para Lessig:

(El) [R]elativo anonimato, la distribución descentralizada, múltiples puntos de acceso, la falta de un vínculo necesario a la geografía, ningún sistema universal de identificación de contenido, las herramientas de encriptación (...) todas estas características  y consecuencias del protocolo de Internet hacen dificultoso controlar la expresión en el ciberespacio. La arquitectura del ciberespacio es la real protectora de la expresión allí.[21]

Si la Corte Suprema estadounidense, Volokh y Lessig están en lo correcto, estas son buenas noticias para la noción de libertad de expresión en su versión democrática. Esto, por supuesto no significa que  las aprehensiones de Fiss y Sunstein simplemente desaparezcan[22], significa más bien que tenemos buenas razones para pensar que, ceteris paribus,  la producción y el acceso a las ideas será más plural y democrático.

5. Malas noticias: pornografía, discursos de odio y aislamiento.

He sugerido más arriba que la participación en el diálogo público puede debilitarse por falta de medios. Internet contribuiría a corregir esa distorsión al disminuir el costo de producción y acceso a las ideas. La falta de medios no es, sin embargo, el único problema relacionado con la participación. Siguiendo a Fiss sostendré que ciertos tipos de discursos silencian la participación de algunos grupos. Dos de estos discursos son la pornografía y los discursos de odio.[23] Ambos han experimentado un  explosivo crecimiento en la Red.[24] Este es el primer problema que examino. Todavía puede suceder que aún con una posibilidad de participación significativa, la Red no logre los niveles de exposición a una pluralidad de enfoques sobre asuntos públicos que parecen necesarios para una democracia deliberativa. De esta manera puede ser que Internet no sea en definitiva un foro de discusión tan robusto como aparenta y que, por el contrario, contribuya a aislar a las personas de ciertas ideas.[25] Este es el segundo problema sobre el que me interesa  revisar.

Pornografía y discursos de odio.

Pornografía.- Internet facilita el acceso a la pornografía, este parece ser un hecho suficientemente evidente. El principal problema  que este acceso genera es la protección de los menores de edad. El principal problema, en otras palabras, es cómo restringir a menores de edad de expresiones que se consideran lesivas para ellos.[26] No es esta, sin embargo, la cuestión que me interesa. El problema relevante a efectos del tema que me ocupa tiene que ver con la perspectiva de autores como Catharine Mackinnon[27]y Owen Fiss[28] para quienes la pornografía resulta problemática porque deteriora la imagen pública de la mujer. Como ha advertido Fiss esto genera tensiones no solo desde concepciones igualitaristas, sino además porque deteriora la posibilidad de las mujeres de participar en el debate público.[29]

Aunque la tesis de Fiss es extraordinariamente sugerente, posee problemas. El más evidente parece ser el hecho de limitar cierto discurso para favorecer la diversidad de puntos de vista. ¿Por qué no dejar que la expresión se cure con más expresión? Esta fue la respuesta de los liberales frente a los intentos de regulación estatal de ciertos discursos –en particular el comunista- durante los momentos más crudos de la guerra fría. La respuesta de Fiss a esta duda es la siguiente:

(L)o que se teme no es que la expresión llegue a convencer a los oyentes para que actúen de una determinada manera (...) sino que la expresión haga imposible que estos grupos desfavorecidos participen siquiera del debate.[30]

En el caso de la pornografía la razón de lo anterior es que:

la pornografía reduce a las mujeres a objetos sexuales, colocándolas en una posición de subordinación y silenciándolas. Daña su credibilidad y las hace sentir como si no tuvieran nada que aportar a la discusión pública.[31]

Existen además otras dificultades de carácter conceptual y práctico en posturas como las de Fiss o Mackinnon.[32] Mi pretensión respecto a estos dos autores, sin embargo, es modesta: me interesa nada más afirmar que si sus  posturas son descriptivamente acertadas, el aumento de la pornografía en Internet resultará lesivo para los ideales de una versión democrática de la libertad de expresión.

Discursos de odio.- Como en el caso de la pornografía, el problema con los discursos de odio, es relevante para los ideales de un diálogo robusto en la medida que margina a ciertos sujetos del foro al debilitar su imagen pública. Como ha sostenido Mackinnon respecto de la pornografía, en un análisis que luego hace extensible al racismo de los nazis y el Ku Klux Klan, el problema de estos últimos discursos es que, de ser exitosos, logran construir una realidad social que hace invisible el daño que provocan. En términos de libertad de expresión esto equivale a  decir que la libertad de expresión de ciertos grupos silencia la de otros.[33]

Los discursos de odio no constituyen una realidad configurada al alero de Internet, su origen se pierde en el tiempo. Como en otros casos no es un problema nuevo, es un problema agudizado por las nuevas tecnologías de la información. Esto, sin embargo, no es algo menor, como sostiene Biegel:

(L)a amplia diseminación de las expresiones de odio en el ciberespacio no tiene precedentes en su alcance y podría estar teniendo un efecto destructivo en nuestra cultura de formas subterráneas que aún no son completamente advertidas. De hecho, algunos comentaristas han sugerido que la creciente falta de civismo puede ser explicada, al menos en parte, por el impacto de los discursos en línea “menos que civiles” (less than civil) en la sociedad en su conjunto.[34]

Ni la pornografía ni los discursos de odio son problemas nuevos. En general Internet no añade problemas a nuestra existencia, sino que agudiza algunos de aquellos con los que ya convivíamos. Con todo, en el caso de la pornografía y los discursos de odio un problema agudizado podría ser bastante peor que un nuevo problema.

El aislamiento.

Resulta paradojal pensar que una tecnología que diluye las fronteras territoriales y disminuye significativamente los costos de comunicarse aísle a los sujetos. Quizás esta paradoja se diluya al explicitar el tipo de aislamiento que Internet puede producir. La idea que interesa explorar aquí no es que Internet aísle al sujeto en términos absolutos, sino que contribuye a inmunizarlo  frente a cierta información o experiencias que probablemente no elegiría.  Esto resulta problemático porque, como ha señalado Sunstein, la exposición a   información no elegida y las experiencias compartidas constituyen precondiciones de un sistema de libertad de expresión en su versión democrática.[35]

Causas.-  Nicholas Negroponte ha sugerido que “en la era de la postinformación, a menudo tenemos un público unipersonal. Todo se hace a pedido y la información está personalizada al máximo.”[36] Así, cada persona se transformaría en una “unidad demográfica.”[37] De esta manera no resulta especialmente complejo ni costoso personalizar mi sitio digital de noticias en la Red y decidir que únicamente quiero recibir noticias sobre figuras del espectáculo, sobre nutrición y dietas, sobre derecho en el ciberespacio, sobre automóviles o sobre  rebajas en vestuario. Estas son buenas noticias para el consumidor. Finalmente es posible prescindir de las enojosas páginas de diarios o revistas o bien de las tediosas noticias que suelen insistir sobre el Plan Auge, algún otro programa del Gobierno o una crítica de la oposición. Si Negroponte está en lo cierto, la Red no solo permite a los productores discriminar a los consumidores a bajo precio, permite además a los consumidores de información discriminar a muy bajo costo la información a la que desean acceder.

Efectos.- ¿Esto es bueno o malo? La respuesta a esta pregunta solo puede darse en forma relacional. Parecen muy buenas noticias para los consumidores –sus costos de identificación disminuyen notablemente. Para una concepción democrática de la libertad de expresión en cambio, la respuesta debería ser más cautelosa. El problema de esta demograficación del ser humano como la considera Negroponte, es que estas unidades demográficas suelen desarrollarse  al interior de otras unidades demográficas más amplias: los países, comunidades, y el óptimo de un sujeto puede no coincidir con el óptimo de la comunidad que lo alberga. Dicho de otra manera, para una persona puede ser beneficioso no escuchar jamás hablar del programa de un candidato populista y utilizar el tiempo que necesitaría para hacerlo imponiéndose de los infortunios de alguna ex miss Universo. Para  la comunidad en que ese sujeto habita en cambio, su voto informado en las elecciones presidenciales es extraordinariamente valioso.

Una vez más, Internet no inaugura la alienación de las personas de las discusiones públicas, pero la facilita –y en la medida que reemplaza a otros medios de comunicación, la aumenta-, contribuyendo de eta manera a la polarización de ciertos grupos y a una producción de bienes públicos subóptima.

Respecto a la fragmentación; como se ha advertido, la Red permite filtrar la información a bajo costo.[38] De esta manera, si mis preferencias se encuentran más cercanas a la derecha en el espectro político es posible personalizar mis noticias de manera que no se inmiscuyan  columnas de opinión o comentarios cercanos a la izquierda. Si esta imagen es más o menos exacta y asumiendo que progresivamente desplazamos mayores espacios de nuestras vidas a Internet es posible que en algún momento podamos prescindir de los periódicos, la radio, la televisión y otros foros que, inevitablemente nos confronten a puntos de vista que nos resulten enojosos. El problema de esto radica en que la deliberación resulta especialmente compleja cuando mi exposición a puntos de vista divergentes es escasa.

El tema de la falta de exposición a posturas divergentes  se torna particularmente significativo respecto de posiciones más extremas. Según algunos estudios, la cerrazón de grupos  favorece  su polarización, esto es luego de la deliberación al interior de una comunidad epistémica las posiciones de sus miembros se tornan más extremas. Como ya se ha advertido más arriba, existe alguna evidencia que Internet es utilizada para constituir y desarrollar este tipo de comunidades.  Nuevamente, el problema no es inédito, su novedad radica en la intensidad de su desarrollo.

Finalmente,  la fragmentación de la información puede contribuir a reducir el cúmulo de experiencias compartidas entre los habitantes de una comunidad. Como ha advertido Sunstein, las experiencias sociales compartidas pueden ser muy relevantes para la interacción social, en particular si se trata de una sociedad heterogénea. En palabras de este autor, constituirían parte del “pegamento social.”[39]

***

El objetivo de estas líneas no ha sido explorar las posibles soluciones a los problemas que generan para una versión democrática de la libertad de expresión el aumento de la exposición a la pornografía y los discursos de odio o la fragmentación de los discursos.[40]  Constatar este tipo de problemas juega una función terapéutica respecto al optimismo que suele acompañar a los desarrollos tecnológicos. Sin duda Internet es un invento magnífico y es muy probable que durante las próximas décadas reconfigure  beneficiosamente nuestro modo de habitar el mundo. No obstante lo anterior, la “ambición prometeica de arrancar a los individuos del despotismo de las cosas” que Raymond Aron detectó en las revoluciones políticas parece extenderse a las revoluciones tecnológicas y hacernos olvidar que, además de beneficios, cada tecnología engendra sus monstruos o, al menos, contribuye a hipertrofiar a algunos ya existentes.



[1] Mill, John Stuart: Sobre la libertad. Alianza Editorial. Madrid 1999. P. 77

[2] Enmienda 1.“El Congreso no legislará respecto al establecimiento de una religión o la prohibición del libre ejercicio de la misma; ni pondrá cortapisas a la libertad de expresión o de prensa; ni coartará el derecho de la gente a reunirse en forma pacífica ni de pedir al Gobierno la reparación de agravios.”

[3]Ver Meiklejohn, Alexander: Free Speech and Its Relations to Self-Government. Harper. New York: 1948

[4] Fiss, Owen La ironía de la libertad de expresión. Gedisa Editorial. Barcelona, 1999. P. 13-14.

[5] El pasaje que ilustra con mayor elocuencia la posición de Holmes se encuentra en su disenso en Abrams v. United States (250 U.S. 616 [1919]). Allí el juez Holmes señaló que “el mejor test de la verdad es el poder de las ideas  de hacerse aceptar a través de la  competencia en el mercado.”

[6] Ver Posner, Richard: Análisis Económico del derecho. Fondo de Cultura Económica. México D.F.: 1998. Pp. 620-634.

[7]Sunstein, Cass Democracy and Freedom of Speech. The Free Press. Nueva York: 1995 p. 19-26

[8] Ibidem p. 28.

[9] Tres ejemplos de esto último serían la pornografía, las expresiones de odio y las campañas electorales. Ver La ironía de la libertad de expresión. Cit.

[10] Para Fiss ver supra nota 5, para Sunstein ver supra nota 8

[11]Ver Volokh, Eugene: Cheap Speech and What it will Do. Disponible en www.adager.com/VeSoft/CheapSpeech.html - 101k. Visitado 15/05/2002

[12] Libertad de expresión y estructura social. Cit. p. 31

[13] Chile no constituye una excepción a esto, ver Sunkel, Guillermo y Geoffroy, Esteban: Concentración económica de los medios de comunicación. Lom Ediciones. Santiago: 2001.

[14] Sobre esto, en el caso chileno puede consultarse Otano, Rafael y Sunkel, Guillermo: Libertad de los periodistas en los medios en González, Felipe y Viveros, Felipe (eds.) Igualdad, Libertad de expresión e Interés Público. Cuaderno de Análisis Jurídico, Serie publicaciones especiales, 10. Escuela de Derecho Universidad Diego Portales. Santiago: 2000.

[15] Libertad de expresión y estructura social. Cit. p. 54. En el caso chileno un ejemplo de lo anterior sería la retransmisión de teleseries. Parece everente que en estos casos el cálculo económico de beneficios favorece la decisión del canal, sin embargo, no parece que las teleseries sean especialmente valiosas para el autogobierno de los sujetos.

[16] Ver supra nota 11.

[17] Como es everente, la objeción más obvia a todo esto es que no todos tienen acceso a Internet y, por lo mismo, el Estado, no debiera descuidar otras plataformas como la televisión, los diarios y la radio, que permiten un acceso más plural. Esta es una objeción válida. Con todo, prescindiré de ella. La razón de esto es que me interesa sostener que aún en condiciones de acceso plural a la Red podrían seguir existiendo razones para que el Estado asumiera un rol activo en la producción de información.

[18]521 U.S. 844 (1997)

[19]Ibidem

[20]Cheap Speech and What it will Do. Cit. s/p

[21]Code and other Laws of Cyberspace. Cit. p.166-67

[22] Me interesa  por ahora mencionar  un problema que justifican esta afirmación – los demás serán tratados en la sección siguiente: en los países pobres el acceso a Internet aún es extraordinariamente desigual. Por lo mismo, en ellos no existe un vínculo necesario entre la existencia de información más diversa en la Red y el acceso a ella. 

[23] Ver La ironía de la libertad de expresión. Gedisa,  Cit.

[24] Esto puede ser revisado en Biegel, Stuart: Beyond Our Control. The MIT Press. Cambidge (MA): 2001. Pp. 321 –352.

[25] Esta idea ha sido desarrollada por Sunstein. Ver Republic.com. cit.

[26] Como se sabe, las dificultades en limitar el acceso a menores de edad a la pornografía tienen que ver básicamente con la arquitectura de la Red que impide la auto autenticación de las personas. Ver Lessig, Lawrence: La Ley del Caballo: lo que el ciberespacio podría enseñar. (trad. de Iñigo de la Maza y Ximena Escobar). En de la Maza, Iñigo (Coordinador) Derecho y tecnologías de la información. Universidad Diego Portales, Facultad de Derecho Fundación Fernando Fueyo Laneri. Santiago: 2002.

[27] Ver, por ejemplo, Mackinnon, Catharine: Hacia una teoría feminista del estado  (Trad. Eugenia Martín). Ediciones Cátedra. Univesitat de València. Instituto de la mujer.

[28] Ver La ironía de la libertad de expresión. Cit

[29] Una forma –la más elocuente que se me ocurre- de graficar lo anterior que la frase de Mackinnon según la cual: “nadie escucha a una mujer con un pene en la boca” (Mackinnon, Catharine: Feminism Unmodified. Discourses on Life and Law.Cambridge, MA.: Harvard University Press, 1987. P. 193

[30] La ironía de la libertad de expresión. Cit p. 28

[31]Loc cit

[32]Una poderosa crítica a Mackinnon en Posner, Richard: Overcoming Law. Harvard University Press. Cambridge. Mass. 1995. P. 357-68.

[33]Hacia una teoría feminista del estado.  cit. Pp. 370 y sgtes. 

[34]Beyond Our Control? Cit. p. 324. Una posible explicación a este fenómeno puede encontrarse en la “polarización de grupos” que ha facilitado la Red. Ver Republic.com. Cit. p. 71 y sgtes.

[35] Ver Republic.com. Cit. p. 153 y sgtes.

[36] Negroponte, Nicholas: Ser digital. Editorial Atlántida, Buenos Aires 1995. P. 168

[37]Loc cit

[38]Sobre los filtros puede consultarse Lessig, Lawrence: What Things Regulate Speech: CDA 2.0 vs. Filtering. Disponible en cyber.law.harvard.edu/works/lessig/what_things.pdf . Visitado 27/03/2002.

[39]Republic.com. Cit. p. 95

[40]Sobre pornografía puede verse Lessig, Lawrence y Resnick, Paul: Zoning Speech on the Internet: A Legal and Technical Model. Disponible en www.si.umich.edu/~presnick/papers/ lessig98/LessigResnick.pdf visitado 01/04/2002. Sobre discursos de odio Beyond our Control? Cit. Finalmente, en el caso de la fragmentación de los discursos puede consultarse Republic.com. Cit.


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